Otra vez se nos acumulaban los motivos por los que escaparnos para celebrar un puñado de cosas. Cinco años juntos. Ocho meses con Marieta. Un nuevo cumpleaños… y la primavera a la vuelta de la esquina. Salimos de Madrid con la idea de encontrar días de verano en pleno invierno. Y qué es un verano sin mar para dos del interior. Conscientes de que a estas alturas del año el Mediterráneo siempre ofrece más calidez que el Atlántico, no lo dudamos ni un segundo. Altea, el mejor refugio del levante, se había convertido en nuestro destino inminente.

altea

Como alojamiento elegimos una preciosa casita de pescador, decorada con todo el estilo mediterráneo, luminosa y relajada. Cortinas que caen en el suelo, flores frescas por todos lados, paredes blanqueadas, mimbres, maderas, espartos… materiales naturales nos acogían. Y nosotros lo agradecíamos. Estaba a pocos metros de la playa, en la parte baja de Altea la Vella. Su ubicación no podía ser mejor, en pleno barrio antiguo, pero lo mejor fueron las naranjas, el vino y el café que Paula, la anfitriona, nos dejó para que disfrutásemos. ¡Gracias, Paula! Hiciste que nuestra estancia fuera todavía más acogedora.

Íbamos a Altea en busca también de un lugar íntimo y poco transitado. Ingenuos nosotros. Hoy este no solo es uno de los pueblos más hermosos del litoral mediterráneo, sino que ya muchos lo saben en todo el mundo. Lo mejor es que eso no ha hecho que pierda un ápice de su ambiente relajado, tranquilo y silencioso. Eso sí, durante el día y caminando por sus callejuelas empedradas se escuchan muy variados acentos internacionales. Por la noche, todo es silencio e intimidad.

IMG_6893.CR2

IMG_6836.CR2

Cuando elegimos un destino, a la vez inevitablemente buscamos dónde comer y beber bien. Ya se ha convertido casi en un tándem indisoluble que si no van de la mano, el conjunto cojea y no está completo. A Altea íbamos con la vista puesta en un lugar llamado Ca Joan, una especie de santuario de las carnes maduradas hasta dos años. ¡Dos años! Una brasería donde por cierto tienen una extensa y muy acertada selección de vinos. Una de esas carnes con un rioja viejo y un espumoso (¿quién dijo que con la carne siempre un tinto?), acompañadas de unas alcachofas y un pulpo a la brasa se convirtieron en algunas de las mejores decisiones de este viaje.

Y luego está el Xef Pirata, en la cuesta que lleva a la plaza de la iglesia del Consuelo, en Altea la Vella. Una tabernita pequeña donde es preferible reservar antes de ir porque siempre suele estar completo. Su cocina desenfadada, a veces picante, otras ácida, a menudo las dos cosas, fusiona sabores de aquí y del otro lado del charco para entregar una propuesta original hecha con cariño. Fuimos por recomendación de Paula, nuestra casera, y el acierto fue rotundo. Iríamos de nuevo sin dudarlo y lo recomendaremos siempre a quien nos pregunte por sitios donde comer en Altea. Apúntate las coordenadas: Carrer de l’Àngel, 22.

Otra de las cosas que no puedes dejar de hacer si pasas unos días por la comarca de la Marina Baixa es comerte un arroz a banda con alioli. Puedes disfrutarlo en Juan Abril o en San Miguel, dos sitios especializados en arroces. Nosotros lo hicimos en este último, mirando al mar, y acabamos tan tranquilamente comiendo el arroz directamente de la paella. Qué gusto.

La tarde la pasamos caminando por la Serra Gelada, entre las bahías de Benidorm y Altea, y subimos hasta el Faro del Albir. Dos kilómetros de caminata entre bosque mediterráneo que olía a lavanda, a romero y a mar, mientras la luz de la tarde iba cayendo detrás de nosotros. El ambiente era cada vez más suave, más tenue, más sutil. Y nosotros cada vez más arriba, con mejores vistas y sin pizca de ganas de volver. Habríamos acampado bajo las estrellas de haber llevado una tienda de campaña con nosotros 🙂

IMG_7131.CR2

IMG_7190.CR2

IMG_7114.CR2

IMG_7183.CR2 (1)

Otro plan de tarde es pasear por las calles de Altea Hills. En teoría no está permitido acceder a la urbanización si no eres residente o te hospedas en alguno de sus hoteles, pero si el vigilante de la entrada te deja acceder estarás de suerte porque verás una de las mejores perspectivas de toda la bahía. Aprovecha para subir bien alto y disfrutar de la vista de pájaro.

Por último, no hay que perderse el atardecer desde Calpe, viendo cómo se esconden los últimos rayos de sol reflejados en el Peñón de Ifach. Además, su microclima especialmente ventoso reúne en su playa a windsurfistas buscando las mejores olas. Merece la pena. No te olvides de echar un cortavientos en la maleta si vas en estas fechas. A nosotros nos hizo falta.

atardecer

calpe

Termina el día a lo grande, con su majestad la gamba roja del Mediterráneo en casa. La venden en el Mercadona de Altea. Pásalas por la plancha y disfrútalas en casa. Sin duda, fue otro de nuestros mejores planes nocturnos de este viaje.

En fin, Altea la Vella (la Vieja), bien podrías ser la Bella. Que nos encantas. Que volveremos pronto a verte. Que te disfrutamos un montón y que siempre encontraremos mil nuevos motivos para celebrar allí la primavera, los cumpleaños, los aniversarios y lo que haga falta. La vida, en general.

Suscríbete a The Wine Newsletter para recibir en tu bandeja de entrada recomendaciones de lugares, vinos imperdibles, historias de productores y consejos para saber más.