Viajamos a Mallorca en verano, cuando el calor aprieta y las ganas de encontrar un refugio apremian. Buscando un lugar para comer y beber bien encontramos en el mapa un pequeño punto en un pueblo llamado Caimari, en el centro de la isla. Ca Na Toneta. Suena a juego de niños, donde el esnobismo, la pose y la etiqueta de la alta gastronomía sencillamente no existen.

Entrada a Ca Na Toneta

Hogar. Lo primero que vemos al llegar a la terraza es toda una declaración de principios (e intenciones). Un mural naif elaborado por Albert Pinya, que recuerda a la infancia, a la vida campesina, al aprendizaje autodidacta. La frescura y sencillez de las elaboraciones, en el sentido de autenticidad y respeto por el producto, son dos de los elementos que se repitirán una y otra vez. Estamos donde queríamos estar. Encontramos justo lo que íbamos buscando.

Cercanía. Sopa fría de pepino y manzana con bonito, lentejas con gambas, porcella (lechona) con ciruela… fueron algunos de los platos que incluía el menú corto de verano. Sabores de la huerta, de productores locales, de la llamada comida kilómetro 0, que no es otra que la que tenemos a menos de un radio de 100 kilómetros de donde la vamos a comer. Cocina con sentido, gastronomía responsable. La propuesta de las hermanas Solivellas no puede ser más consecuente.

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Feminidad. En Ca Na Toneta se percibe la especial importancia que cobran la vida y la creación. Aquí todo parece tener sentido. El mural de la terraza, los platos del menú, los vinos naturales como la vida misma. Todo se entremezcla y complementa, aportando un valor y una coherencia que es la propia personalidad del restaurante. Lo que vemos es el resultado del trabajo intuitivo de María, ex productora teatral y actual cocinera y una de las propietarias. Ella volvió a Mallorca para buscar respuestas en las raíces del recetario familiar mallorquín.

La respuesta estaba en el origen. Mientras unos buscan la expansión, globalizarse, crecer hacia fuera, ir cada vez más lejos, ellas buscan dar valor a otros pequeños productores y artesanos, crecer hacia dentro de su isla, recorrer cada uno de los puntos de su universo mallorquín para encontrar las respuestas en su propia identidad. No había que irse tan lejos para encontrarlas. Todo estaba en casa, en recetas ancestrales, en productos de vecinos campesinos, en el campo, en la huerta y en el mar. Volver a Ca Na Toneta será siempre como volver a casa.

Fotografías: © Toby Glanville

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